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Helen Bohorquez

Y me fui pa’ la China…


Cruzo una línea imaginaria. Atravieso los cielos que cubren el Estrecho de Bering, el cual se encuentra a 10,363 metros bajo mis pies, el mismo que hace miles de años atrás cruzaron los antepasados de los actuales habitantes del continente americano. Si, los suyos y los míos.

Tras ocho horas de viaje tengo entumecida la mitad del cuerpo. Con fortuna, en un poco más de cinco horas llegaré a mi primera parada, Tokyo, donde continuaré hacia mi destino final, Pekín o Beijing. Allí, en la capital china, me espero a mi misma, pues como dijo un amigo, mi cabeza hace rato que esta en tierras asiáticas.

Para armarles el rompecabezas de cómo termine embarcándome en esta pequeña aventura, empiezo con una pieza fundamental: el cuestionamiento de las expectativas que tengo con mi vida. No voy a meterme a filosofar mucho al respecto, porque cada quien tiene sus dilemas existencialistas y muy poco tiempo para andar leyendo los problemas de otros.

Pero entre las enseñanzas que me dejo un 2013 inconforme, fue el de ver la vida como tiene que verse, con la búsqueda innata de la felicidad, en tardes de bicicleta, en perderse en las carcajadas de quien esta a tu lado, en la apreciación de las armonía caótica del diario vivir

Entre esa exploración personal, he aprendido a ver el mundo como mi hogar. Sacarle provecho a las facilidades que mi condición de inmigrante me ha dado; pertenecer a un lugar sin tener que pertenecer, adoptar cada lugar, experiencia y persona como nutrientes de una misma vía, directa a mi consciente, a la válvula subjetiva de mi archivo neural.

Suena lógico, ¿cierto?, pero cuando nos dejamos llevar por la monótona cotidianidad, el sentir que siempre le debemos algo a alguien, que nuevas responsabilidades aparecen para jodernos la vida y no para tallarla, y que cada problema es el fin de la vida como la conocemos, nos sumergimos en una profunda maraña de excusas para no hacer lo que en verdad queremos. Así no se sepa con claridad lo que es.

Al aprender por fin que es lo que no quiero, he decidido hacer lo que mejor hago, alimentar este motorcito de 600 centímetros cúbicos que cargo sobre los hombros con conocimientos en papel y placer, en viajes, fotografías, historias y todo lo que se la parezca. ¡Qué carajo, no tengo nada que perder!

Así fue me metí con toda fuerza a este viaje, con la humildad de ser herencia de las labores manuales de mi madre, y beneficiaria de sus sueños transmitidos a punta de arepa y aguapanela. Pero con ambición gigantesca y un voraz apetito por tragarme cuanta molécula espacial caiga a este rancho llamado tierra. Y sobretodo, con el apoyo de varios de mis co-locos, que entienden y comparten la quimera y el hambre, incluso mejor que yo. 2

Superado el leve miedo a los aviones, le hecho un vistazo a la ovalada ventana de mi vecina. Cientos de montañas cubiertas de nieve, peladitas por cuadrantes, me dan la bienvenida al verdadero viejo continente. Fascinada, saco el teléfono, y aunque no tengo señal e incomodo un poco, la foto queda. La imagen se sintetiza en megabytes, pero la arquitectura del recuerdo es mía, parce, mía nada más, y solo el alzhéimer me la podrá algún día quitar.


Comments (1)

  1. Judy

    Fascinante experiencia, nada puede describir mejor el poder sentir como propio el inicio de una aventura a través de los ojos y mente de alguien mas . Un abrazo lokita

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